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domingo, 17 de febrero de 2013

El dolor de los otros






En Littlenesstown no existe el dolor físico, tampoco el espiritual. Milagrosamente la gente se cura de sus males al tener contacto con el lugar y su gente.
Luego de esa milagrosa cura, unos regresan a su ciudad de origen y otros se quedan para siempre.
Es pura magia que se transmite por el aire, con el contacto, y una vez invadidos por ella serán sus portadores el resto de la vida.
La gente que regresa de ese lugar cree haber vivido un sueño, un corto y dulce sueño que revoluciona sus vidas.Todos sus sentidos se despiertan y los invade una serenidad antes desconocida.Los que se quedan, abren la puerta a la libertad.

Estela se levanta cada mañana con el canto del gallo. Desayuna en la terraza y se sienta luego en el jardín con un libro entre las manos. Sus ojos se pasean por la letras hilvanando cada palabra como una oración. No solo lee, asimila las historias como propias y vive cada una de esas aventuras y dramas. Luego las  comenta a los demás como pertenecientes a su pasado.
Quienes no la conocen escuchan incrédulos sus relatos y más de uno comentó la similitud de alguno de sus episodios con alguna novela leída en el pasado.
Los que la tratan a diario, escuchan con resignación sus epopeyas y  vicisitudes.
 Damián, unos de los ancianos, la corrige cuando cambia algunos detalles y ella rectifica siguiendo el guión.
Estela no lee libros, los asimila e interpreta para poder seguir adelante. Así, su jardín puede ser un trozo del Amazonas y su casa un palacio en la India,mientras cada noche, reposa la cabeza en la almohada.
A veces se quedaba dormida con el libro en su regazo como la tarde en que la encontraron y de la que no despertó. Tenía una sonrisa en los labios.
Damián le retiró el libro y susurró a su oído, viaja Estela, viaja por fin, libre.
Damián llegó hace muchos años a la ciudad , tantos, que no  recuerda la fecha exacta
Solo sabe que lo llevó hasta allí una mezcla de rabia y dolor tan grande que era imposible de soportar.
No toleraba el vigor y la felicidad ajena. Una náusea lo asaltaba cada vez que oía reír.
No podía pensar en otra cosa que no fuera su desdicha y la usaba como arma arrojadiza ante todo el que trataba de darle consuelo.
La envidia se sumó al sufrimiento y empezó a actuar con crueldad.
Entró en Littlenesstown pateando guijarros y recorrió sus calles en busca de camorra.Lo primero que lo sorprendió fue un silencio acogedor y un aroma conocido.....reconoció en él el olor de los bollos que le preparaba su madre al regresar del trabajo.Se sentó en un banco del parque y se quedó dormido.
Al despertar, unos ojos serenos le miraban, fijos en los suyos. Unas manos tibias tocaban su brazo.
Comenzó a insultar mientras se apartaba aireado. La figura permanecía mirándolo con dulzura, sin descaro ni contrariedad. Volvió a sentarse y esta vez, más calmado, sin presentarse y sin preámbulo despachó todas sus desgracias.
Estela lo miró sonriendo y con voz firme le dijo: Ya te despojaste de la ira ahora vamos a tratar tu soberbia.

A Alma nadie la toleraba. Su andar cansino era el fiel reflejo de su vida interior.
Comenzaban sus quejas a primeras horas de la mañana y se prolongaban todo el tiempo que era capaz de estar despierta.
Cuando aparecía es un lugar éste era abandonado inmediatamente por todos los demás.
Su conversación era tan aburrida que algunos decían que curaba el insomnio......era cierto.
Pero no todos se dormían, algunos necesitaban luego de estar con ellas un analgésico para el dolor de cabeza.
Todo esto no hacía más que aumentar las penas de Alma, que circulaba por calles y habitáculos como "alma en pena".
Pero un día encontró a un recién llegado con más paciencia y......., que le explicó con convicción, que el peso de las pena sobre su espalda se curaba cargando sus hombros con algo más tangible .
Alma no tiene tiempo para divagaciones, las tareas la tienen entretenida casi todo el día y el tiempo libre quiere disfrutarlo junto a su bienhechor.

Emilia supo siempre que mitigando el dolor de los otros, podría paliar el suyo.
Y se olvidó de su vida, para ayudar a vivir.
Su recompensa fue la risa, la emoción y la ternura, que despertaban en ella la felicidad ajena.
Su energía se trasmitía a los demás como una corriente. Una vez que la conocías no la olvidabas jamás.
El sonido de su voz envolvía a la gente, que se relajaba y abandonaba a su encanto.
Cuando alguien alababa su don, ella se reía y respondía abrazando al interlocutor: es solo el reflejo de tu interior.

Littlenestown es así, simple, complejo y sorprendente, como lo somos todos.
Nuestros sueños y deseos materializados.....solo debes dejarte llevar.
Gracias por estar aquí. Por permitir que siga existiendo